MAXIMILIANO
Me desperté antes de que el sol lograra rasgar las nubes de acero que cubrían Manhattan. Mi cuerpo todavía conservaba el eco de la noche anterior; la humedad del vapor en la ducha, el roce de la piel de Victoria contra la mía y ese momento de rendición absoluta que pareció detener el tiempo. Por unas horas, entre el agua caliente y la oscuridad de la habitación, me permití creer que la guerra interna había terminado. Que Julian y Victoria habían encontrado una tregua en el epicentro