Ethan se separó de sus labios con una lentitud que dolía, como si despegarse de ella fuera arrancarse la propia piel. La miró a los ojos, que todavía brillaban por el llanto y la confusión, y sintió un apretón en el pecho. Sabía que Margaret estaba vulnerable, que su mente era un rompecabezas al que le faltaban piezas, y lo último que quería era aprovecharse de ese momento de debilidad.
—Perdóname, Margaret —susurró él, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Sé que todo esto es demasiado para