El viernes amaneció perezoso y frío, con el viento golpeando las ventanas de la suite. Eloise abrió los ojos sintiendo el peso agradable del brazo de Augusto sobre su cintura. Él seguía allí, pegado a ella, con la respiración cálida rozándole el cuello.
— Buenos días… —murmuró él, con la voz ronca y adormilada.
— Buenos días… —respondió ella, con una sonrisa que él no vio, pero sí sintió.
Sin prisa, se levantaron y fueron juntos a la ducha. El agua tibia resbalaba sobre ambos y, al prin