—¡Aliceee! ¡Aliceee!— escucha nuevamente su nombre y no está alucinando, es la voz de su esposo, quien la busca con gran urgencia junto a sus escoltas más especializados. Está desesperado llamándola.
—Damián…— susurra mentalmente, desea poder gritar ¡estoy aquí! pero lamentablemente no puede hablar, solo oye unos pasos que se aproximan y que luego abren la puerta de un portazo, y esta, por lo vieja que está, cae al suelo levantando polvo.
Cuando Anderson ve a Alice en el suelo con el vestido ras