—¿Y qué garantía tengo yo de que no me estás mintiendo, Dylan? —preguntó Damián, su voz baja y cargada de amenaza—. Ya me has demostrado ser un experto en eso.
Dylan se encogió de hombros, una mueca de desesperación en su rostro. —No tienes ninguna, Anderson. Solo mi palabra y la promesa de que, si me sacas de aquí, te daré el nombre y las pruebas. Piensa en Alice, en tus hijos. ¿Realmente quieres arriesgarte a que ese tipo cumpla sus amenazas por no confiar en mí?
Damián lo miró fijamente, sus