El oficio de la noche me resultó casi tan conmovedor como el funeral por la mañana. Tal vez fuera la manera de hablar del abad, cálida y musical, sus ojitos miopes siempre brillantes, sus labios listos para sonreír.
Tal vez fuera la voz sonora, clara, firme, con que Mael leyó la proclama de su abdicación antes de firmarla, buscando mis ojos al terminar con un brillo desconocido en su mirada.
Tal vez fueran las palabras del juramento, que los nuevos Alfas recitaron con acentos vibrantes de emoció