Owen giró sobre sus talones y caminó hacia su escritorio de roble, con los ojos grises encendidos de furia. Sus pasos retumbaban en el gran salón como truenos contenidos. De un manotazo, tiró los mapas, las copas y las botellas de licor que había sobre la superficie. Todo cayó al suelo con brusquedad, el cristal se rompió en mil pedazos, esparciéndose como estrellas caídas en la piedra fría.
Su pecho subía y bajaba con violencia. El lobo gris rugía dentro de él, empujándolo a la locura. Nadie s