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Ella llevaría entre sus manos, el regalo que presentaría a mi esposo y a las otras doncellas no les molestó mi elección, ya que ambas estaban muy ocupadas, luchando por permanecer a mis costados.

Me entretuve comprobando que mi aspecto no distaba del de una reina y me complació que, a pesar de lo holgado del traje, su color dorado resaltara mis ojos y los mechones negros y ensortijados que me caían por la espalda, coronados por una fina tiara de esmeraldas.

Los guardias, encabezados por Dízaol
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