Naya y Hazel estaban acurrucadas en el pasillo, susurrando y riendo mientras conversaban.
—Sonríes demasiado, ¿pasó algo? —le preguntó Hazel a Naya, quien no paraba de sonreír.
—Ay, vamos... sonrío a menudo —dijo Naya.
—Pero no así... supongo que no estás lista para compartir —respondió Hazel, y Naya sonrió.
—Está bien, te lo contaré solo si prometes no decirle nada a Noah —dijo Naya.
Los ojos de Hazel se abrieron de curiosidad y se inclinó hacia Naya.
—¡Lo prometo, lo prometo! No le diré ni un