Capítulo 5: Por favor, ayúdame

A la mañana siguiente ~ Suite de Layla

Layla caminaba de un lado a otro por la habitación, sus pies descalzos hundiéndose en la gruesa alfombra mientras escuchaba la voz al otro lado del teléfono. Su voz era baja y dura, su tono no admitía discusión.

—Escúchame —siseó, clavándose las uñas en la palma—. No te estoy pagando para que titubees. Te pago para que hagas un trabajo. Y si no puedes hacerlo, encontraré a alguien que sí pueda.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran, con la mirada fija en el televisor sin sonido.

—Esto no es negociable.

—Quiero confirmación antes del atardecer —espetó Layla, perdiendo la paciencia—. Si no puedes cumplir, encontraré a alguien que sí pueda.

Se detuvo otra vez, respirando hondo para calmar su corazón acelerado.

—Y no lo olvides, serás bien recompensado si lo haces bien. Tengo a otra persona esperando y no dudaré en reemplazarte si me decepcionas.

Colgó sin esperar respuesta, sus dedos temblando de rabia.

—Tengo que hacer esto si quiero disfrutar mi matrimonio con Ethan —murmuró.

Layla se giró, su expresión convertida en una máscara de furia.

—Hazel pudo haber sido la Luna, pero era débil, demasiado blanda. Yo no cometeré el mismo error.

Se acercó a la ventana, mirando las tierras que pronto serían suyas.

—Esta manada necesita un Alfa fuerte, una Luna fuerte —susurró para sí misma, casi con reverencia—. Y yo seré esa Luna. Seré quien guíe a esta manada hacia la grandeza.

Una sonrisa retorcida se dibujó en sus labios.

**

Hazel seguía dormida cuando alguien llamó a la puerta de su habitación.

—Lia, por favor… no estoy lista para levantarme —murmuró, aún dormida, pero el golpe volvió a escucharse.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que ya no estaba en el castillo.

Hazel se incorporó de golpe, su mano buscando instintivamente el cuchillo que solía guardar bajo la almohada, solo para no encontrar nada. Un sueño… solo había sido un sueño. Pero los golpes en la puerta eran muy reales.

—¿Quién es? —preguntó, con la voz aún cargada de sueño.

La respuesta llegó un momento después, apagada pero urgente.

—Señorita Hazel, soy el gerente. ¿Está bien? Hemos recibido reportes de ruido en su habitación.

Hazel sacudió la cabeza, con los restos de su pesadilla aún nublando su mente.

—Oh… —dijo, frotándose los ojos mientras los recuerdos de los últimos días regresaban de golpe—. Lo siento, debo haber estado hablando dormida.

Hubo una pausa al otro lado de la puerta, seguida de un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios, pensé que algo andaba mal. Solo procure hacer menos ruido, señorita Hazel. Hay otros huéspedes.

—Lo haré —prometió Hazel, aunque su mente ya estaba en otra parte.

La puerta se cerró y Hazel volvió a recostarse contra la delgada almohada del hotel. Sola otra vez, cerró los ojos, dejando que los eventos de los últimos días se reprodujeran como una película en su mente: el rechazo, la traición, el dolor. No sabía cómo iba a superar todo eso, pero tenía que hacerlo.

Un dolor profundo se instaló en su pecho, donde el amor y el sufrimiento se entrelazaban como un nudo retorcido. Pero también había algo más: una pequeña chispa de desafío, de determinación. No permitiría que Ethan, Layla o nadie la destruyera.

—Necesito ropa —se dijo, poniéndose de pie.

El simple acto de levantarse se sintió como un desafío, una pequeña rebelión contra todo lo que intentaba hundirla. Se calzó los zapatos, tomó sus llaves y salió con un nuevo propósito.

El mundo exterior aún le resultaba desconocido, las calles de ese pueblo eran un laberinto de incertidumbre. Pero no dudó, dejando que sus pasos la guiaran con una sensación renovada de libertad. Ya no era la Luna, pero seguía siendo Hazel, y eso significaba algo.

Salió del hotel y caminó hacia una boutique. Un hombre extraño la seguía.

Pasó un tiempo antes de que Hazel se diera cuenta.

Sus pasos se ralentizaron, sus ojos entrecerrándose al percatarse del desconocido. El aire a su alrededor pareció volverse denso, cargado de peligro.

Doblo una esquina, su corazón golpeando con fuerza. El hombre la siguió, implacable, su presencia amenazante. Hazel apretó la llave en su bolsillo, buscando una salida.

De pronto, se metió en un callejón, apoyando su cuerpo contra la pared de ladrillo. Esperó, con la respiración contenida, los sentidos alerta.

Los pasos del hombre resonaron en el callejón, su sombra creciendo a medida que se acercaba.

—Sé que estás aquí —dijo él, con una voz áspera y maliciosa.

El corazón de Hazel latía con fuerza. Miró a su alrededor y vio una escalera de incendios oxidada que conducía a los tejados. Era arriesgado, pero no tenía opción.

Se movió en silencio, sus pies ligeros, con cada instinto gritándole que huyera.

Llegó a la escalera y comenzó a subir. El metal crujía bajo su peso, frío y duro contra sus manos.

Abajo, el hombre maldijo y corrió hacia ella.

Hazel siguió subiendo, jadeando, cada vez más alto. La escalera parecía interminable, el suelo muy lejos ya.

Finalmente, alcanzó la azotea, un espacio vacío de concreto y silencio. Había escapado… pero, ¿por cuánto tiempo?

—¿Crees que puedes huir de mí? —dijo el hombre.

Hazel se quedó paralizada. Se giró, apoyando la espalda contra el borde de concreto. Él estaba allí, con los ojos oscuros y una sonrisa enfermiza.

—¿A dónde crees que vas? El Alfa me envió a traerte de vuelta. Y siempre cumplo mis misiones —mintió.

Hazel tragó saliva. Sabía que no podía superarlo corriendo. Pero tampoco podía volver.

Vio un pequeño camino que llevaba de regreso a la calle principal, y echó a correr mientras lloraba.

El hombre se quedó un momento sin darse cuenta de que ella ya no estaba allí.

Hazel vio un coche lujoso acercándose y cayó al suelo de inmediato.

El conductor salió rápidamente del vehículo. Hazel levantó las manos.

—Por favor… ayúdeme —murmuró, antes de que su mano cayera.

El conductor la miró con preocupación, pero su mirada se desvió hacia el hombre detrás de ella, que corría hacia ellos con furia.

No dudó. Levantó a Hazel y la metió en el asiento trasero del coche, cerrando la puerta de golpe. Corrió al asiento del conductor y arrancó el motor.

El hombre golpeó el costado del coche, rugiendo de rabia, pero el vehículo ya se alejaba a toda velocidad.

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