Hazel suspiró y se sentó con resignación. Maya y Naya se acercaron a ella.
—No te preocupes... estamos contigo y nadie ocupará tu lugar —dijo Naya.
Hazel sonrió débilmente, sintiendo gratitud hacia sus hermanas.
—Gracias, chicas —dijo en un susurro—. Saber que están aquí para mí me reconforta un poco.
Maya se sentó a su lado y la rodeó con un brazo para consolarla. —No nos vamos a ir a ninguna parte, Hazel. Estamos juntas en esto, siempre.
Naya asintió, con los ojos brillando de determinación.