Después de cenar, la habitación huele a sopa, pan y a una calma frágil, como si pudiera romperse con el vuelo de una mosca. Comimos en silencio, apenas cruzando miradas. Alejandro no insistió en hablar, y yo no tuve fuerzas para hacerlo. A veces, el silencio grita todo lo que no sabemos poner en palabras.
Alejandro deja su plato vacío sobre la mesa y se reclina levemente hacia atrás. Lo observo de reojo mientras recoge su copa de vino, gira el líquido con movimientos lentos, casi automáticos. S