Alejandro y yo seguimos caminando por la feria, entre luces parpadeantes y el murmullo animado de los turistas que regatean con los vendedores. Mi helado ya casi no existe, y aún puedo sentir la frescura en mis labios mientras paso la lengua por el último rastro de crema.
De reojo, noto que Alejandro me observa, aunque finge estar más interesado en los puestos de artesanías. Su mandíbula se tensa sutilmente cuando llevo el helado a mi boca una última vez.
—Te volvió a quedar crema en la comisur