—No llores, hija —susurró la anciana con voz suave, casi como un arrullo. Sus manos temblorosas pero cálidas acariciaban mi cabello con ternura, intentando calmar la tormenta que me sacudía por dentro. Yo yacía sobre la hierba húmeda, con la cabeza apoyada en su regazo, mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin control—. Si Eva hizo esto… pagará. No lo dudes. La naturaleza siempre encuentra la manera de restaurar el equilibrio.
—Yo no veo el equilibrio por ningún lado —repliqué con