La expresión en su rostro al verme no tenía precio. Sus ojos, encendidos como brasas, me recorrieron con una mezcla feroz de deseo y desesperación. Entró por la puerta sin cerrar, como un animal que ha encontrado finalmente su presa. Su respiración agitada delataba el frenesí que lo impulsaba.
Sin decir una palabra, cayó de rodillas ante mí, como un hombre roto que suplica redención. Sus labios comenzaron a besar mis pies con devoción, con hambre, como si cada roce de su boca intentara reconstru