Capítulo 37: Rastros

Edward

La oscuridad era mi única compañera.

El hedor a sangre seca, a hierro y a humedad se había convertido en mi aire.

Gruñía, jadeaba, me arrastraba contra las cadenas como un animal enfermo.

Eso era ahora: un reflejo deformado de lo que alguna vez fui.

Pero, en los pocos momentos de claridad, me lo repetía como un mantra: "Soy Edward. Soy el Beta de Rowan. Mi lobo se llama Anderson."

Cada palabra era un ancla contra la locura, una chispa en medio del pozo en el que Nancy me había encerrado
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