Nancy
Llegué al escondite con la sangre aún latiéndome en las sienes.
Cerré la puerta de hierro de un portazo, y el eco se arrastró por las piedras húmedas como una serpiente moribunda en busca de su último refugio.
El aire olía a humedad, a hierbas amargas y a metal oxidado. Mi lugar. Mi territorio. Donde nada se movía sin que yo lo ordenara.
—¿Lo viste? —escupí, sin esperar respuesta—. Cómo se hizo pedazos su pequeña farsa. ¡Qué espectáculo tan precioso…! Y ni siquiera tuve que empujarlo dem