Clara
La aguja se hundió en mi cuello.
Sentí el pinchazo, seco, brutal.
Y el ardor… el ardor fue inmediato.
Un fuego líquido se abrió paso bajo mi piel, recorría mis venas con una crueldad que jamás imaginé posible.
Era como si me hubieran inyectando lava caliente.
Mi sangre gritaba, mi cuerpo quería expulsarlo y no podía.
Quise gritar.
Quise suplicar.
Pero solo salió un jadeo ahogado, roto, como si mi garganta se hubiera quemado también por dentro.
Mi mente…
Mi mente empezó a disolverse.
Las