Capítulo 55.

Mientras Freya se hundía en el silencio de su habitación, en la mansión Montesco el aire vibraba con una electricidad peligrosa. Nicolás no era el mismo desde que ella se había marchado. El orden y la frialdad que siempre habían definido al joven Alfa se habían evaporado, dejando en su lugar una obsesión febril que rozaba la locura.

Nicolás estaba de pie frente al gran ventanal de la biblioteca, apretando entre sus dedos una pequeña caja de terciopelo azul marino. Sus ojos, aún con destellos ca
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