El joven no dejaba de mirarme pero no era una mirada de asco como la que estaba acostumbrada a recibir de mi familia.
Había algo en la curva de sus ojos que me resultaba familiar, como si nos hubiéramos visto antes Pero tenía mis dudas.
Él aún así se quedó en silencio un momento, como si esperara que yo pronunciara su nombre pero mi mente estaba demasiado nublada tratando de descifrar por qué se me hace tan familiar.
—¿No vas a decir nada, Freya? — preguntó él con una voz suave pero cargada de