52. Deliciosa tortura
Cuando llegué a la dirección que Artem me había dado, él ya no estaba. Maldito lunático. Se largó en cuanto supo que Dorothea estaba conmigo. Aún no entendía cómo ella podía soportarlo con esa mente retorcida. Sus celos no eran normales.
El lugar era una bodega abandonada, impregnada de suciedad y hedor a humedad. Cajas viejas se apilaban en rincones oscuros, acompañadas de ratas que correteaban entre la basura. No era muy diferente a mi propio subterráneo de tortura, el cual —por cierto— debía