— Debemos parar — Mara jadeaba, sus manos sudaban y le costaba respirar.
Dairon, en cambio parecía poseído por una fuerza sobrenatural. Tenía los ojos rojos, las venas sobresalían de su cuello y las arrugas en su frente se marcaban con mayor profundidad de lo que ella jamás hubiese presenciado.
Soltó su mano y se apoyó en el tronco de un árbol dejándose caer despacio. Dairon no se dió cuenta hasta varios minutos más tarde de que se había quedado detrás y regresó por ella.
— Tenemos que seguir