El amanecer del día más esperado de mi vida llegó envuelto en una luz dorada que se colaba por las rendijas de las persianas. Por un momento, todo fue paz. Luego, la realidad me golpeó con la fuerza de un galope: hoy me caso.
Me incorporé de un salto, el corazón desbocado. La habitación estaba en silencio, pero no por mucho tiempo. Apenas había logrado sentarme cuando la puerta se abrió de par en par y un torrente de faldas, voces y risas inundó la estancia.
—¡Ya despertó! ¡Señorita, hoy es el