310. Información
Leonardo
El reloj del despacho marcaba casi las once de la noche, pero el sueño estaba muy lejos de alcanzarme. El brillo frío de la pantalla del ordenador iluminaba mi rostro, reflejándose en las innumerables carpetas abiertas, informes escaneados y documentos esparcidos sobre el escritorio. Tenía las manos cerradas en puños, los nudillos blanqueados por la tensión.
Amber era terca. Siempre lo había sido. Pero hoy, después de la discusión que tuvimos, entendí que no se trataba solo de insisten