164. Escucha
Martina
Me senté en el sofá de terciopelo del ático de Peter, con las piernas cruzadas y una elegancia cuidadosamente calculada. Una sonrisa victoriosa curvaba mis labios mientras hacía girar la copa de vino entre los dedos; el líquido rubí reflejaba la luz dorada del ambiente. Peter estaba de pie junto a la ventana, contemplando la ciudad con una expresión que oscilaba entre la irritación y el cálculo frío.
“Te dije que lo lograría”, empecé, con una voz dulce como la miel, pero afilada por la satisfacción. “Mientras tú gritas a tus incompetentes, yo resuelvo las cosas. La escucha está colocada. Justo bajo la nariz de ese imbécil, además de mi mano bien estampada en su cara.”
Peter se giró para mirarme, los ojos entornados. “Tuviste suerte, Martina. Nada más. Yo planifico cada movimiento; tú solo montaste un espectáculo.”
“Un espectáculo que distrajo a todos”, repliqué, dando un sorbo al vino sin perder la compostura. “Leonardo está tan cegado por esa zorra que ni siquiera se detuvo a