Aquella noche, mientras se encontraba a solas con los cuatro pequeños, ya que Sara se había ido al bufete de la clínica en busca de algo para comer, la puerta de la habitación de Gianina se abrió de par en par.
Sobresaltada, pensando que se trataba de la enfermera amargada que los había chequeado, a ella y a los niños, un par de horas antes, se incorporó en la cama de inmediato.
Ya la anestesia había desaparecido y ya sentía sus piernas, sin embargo, el cansancio que sentía era tal que no podía