Aquella noche, a la hora en que había acordado, Adriano se encontraba en el restaurante en el que había quedado con Vittoria.
Sin embargo, esta aún no se había presentado. Y a Adriano no le sentaba para nada bien que las personas, por mucho que se conocieran, fueran impuntuales.
Era de las personas que creían que pensaban que el tiempo valía oro y, aunque no tuviera nada pendiente para esa noche, no podía tolerar más de diez minutos de retraso.
Cuando comprobó que habían pasado más de diez