Capítulo setenta y ocho: Hay un testamento
Thalia abrió su cuerpo a su marido sabedora absoluta de que jamás encontraría a otra persona como él.
Ese hombre sabía perfectamente como sacarla de esos abismos oscuros en los que entraba cuando las situaciones la superaban.
Fueron sus brazos los que la abrasaron toda la noche en el calor de manos hambrientas de ella, besos que sin proponerselos le sacaban de la órbita terrenal y la llevaban a otros puertos felices donde olvidarse hasta de si misma.