Alexander era como una bestia codiciosa y peligrosa. Cada encuentro con él le daba la absurda sensación de que no vería el amanecer del día siguiente.
No se atrevió a mirar atrás. Sabía que él seguía dormido.
Recordando su actitud de la noche anterior, una idea traviesa cruzó por su mente.
Fingiendo seguir dormida, cerró los ojos y lanzó una patada directa hacia las piernas de Alexander.
—Hiss…
El dolor fue inmediato y punzante; tuvo que apretar los dientes para no quejarse. Todo su cuerpo prot