Maya se quedó sin palabras, horrorizada.
Los pequeños probablemente ni siquiera sabrían que eran diamantes. Pero eso no significaba que Stella pudiera repartirlos así como así.
—Stella, no puedes regalar diamantes de esa manera— dijo con firmeza.
Aunque no le pertenecieran, resultaba inquietante ver a la niña entregándolos por capricho.
Stella frunció el ceño, desanimada.
—Mami, ¿por qué no puedo? ¡A todos les agrado! ¡Y a mí también me agradan!
Maya se llevó una mano a la frente.
Antes eran si