Tardó varios minutos en recordar lo ocurrido. Su cuerpo estaba rígido y adolorido; apenas se atrevía a moverse.
Tal como Alexander había dicho, no tuvo fuerzas para pensar en la Sra. Fine la noche anterior.
Había llorado, sin saber si por la pérdida o por la intensidad de todo lo vivido.
No necesitó mirar a su alrededor para saber que Alexander ya no estaba allí. La habitación estaba demasiado silenciosa y la cama, menos cálida.
Frunció el ceño y, con esfuerzo, se incorporó. No había una sola p