Se las limpió enseguida, como si temiera que alguien notara su debilidad.
Pero antes de que pudiera apartarse, Alexander cubrió su mano con la suya y la atrajo hacia él. El roce áspero de sus dedos hizo que su brazo temblara ligeramente.
Le rodeó la nuca y la obligó a mirarlo de frente.
Maya no quería que viera las marcas de lágrimas en su rostro. Intentó apartarse, pero Alexander le sostuvo la barbilla con la otra mano.
—Yo… —apenas alcanzó a decir.
El rostro de Alexander se acercó; la punta f