Las articulaciones de Maya se movían como si estuvieran rígidas, y su mente parecía haberse quedado en blanco. Solo podía avanzar porque Alexander la arrastraba.
En cuanto cruzaron la puerta, Maya reaccionó de golpe y se liberó de su agarre.
—¡Soy una adulta!— exclamó, con la voz temblando de rabia—. ¡Yo estoy a cargo de mi vida! ¡Nadie puede venderme!
Maya perdió el control y gritó.
Tras aquel estallido, se escuchó de inmediato una notificación desde el interior de la casa. El sonido provenía