Sin embargo, su corazón seguía inquieto.
¿Qué debía hacer ahora?
¿Seguir engañando a Alexander o renunciar para siempre a ver a sus hijos?
No quería ninguna de las dos opciones.
La actitud de Alexander había dejado algo claro: jamás le permitiría buscar su propia felicidad.
Maya sentía que le faltaba el aire.
Se giró y miró hacia una sombrilla cercana.
Alexander estaba sentado debajo. De pronto, una mujer extranjera de figura ardiente se le acercó.
Vestida con un bikini, cruzó sus largas pierna