Sin embargo, Alexander ya estaba sentado en la cabecera de la mesa, como si aquel lugar le perteneciera.
Dejó su teléfono sobre la mesa con un leve golpe seco. Cada uno de sus movimientos hacía que los demás se pusieran tensos.
—Voy a comprar esta escuela. Dime tu precio—, dijo sin rodeos.
Los tres hombres se miraron entre sí, atónitos y vacilantes.
—Esto no es una oferta— continuó Alexander con calma peligrosa. —Les estoy ordenando que vendan. Pueden poner el precio que quieran. Podemos discut