En ese entonces, sus palabras la habían hecho reír a pesar de su enojo.
Era dulce… demasiado dulce.
Pero ahora, su corazón solo sentía amargura.
La bondad de Roberto se estaba convirtiendo en una carga insoportable.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—¿Qué pasa?— Roberto se alarmó y se apresuró a secarle las lágrimas.
Maya rechazó su mano. Se giró, abrió la puerta y bajó del coche.
Respiró hondo, intentando calmar sus emociones.
Caminó hasta el borde del acantilado y miró hacia abajo.