Roberto le compró cerezas. Sacó una y se la acercó a la boca.
—Ábrela—.
Maya estiró la mano para tomarla, pero Roberto retiró la cereza y no se la dio.
Maya frunció ligeramente el ceño, aún inconforme, cuando su teléfono sonó. Miró la pantalla y vio un número desconocido.
Respondió sin apartar la vista de la cereza.
—¿Quién habla?—
—Señorita Anderson, habla Bob, de Parkgrove Mansion.—
—Hola. ¿Qué ocurre?—
Bob se quedó momentáneamente desconcertado. En circunstancias normales, ella debería estar