A ella le gustaba fingir que era inteligente; entonces Alexander debería dejarla experimentar la sensación de ser destruida.
Alexander se enfureció de repente y esbozó una sonrisa que no alcanzó a sus ojos. Sus pupilas oscuras eran hoscas y aterradoras.
Jessica se quedó allí, horrorizada, sin atreverse siquiera a respirar con fuerza.
Alexander se puso de pie y el aire frío pareció agitarse a su alrededor.
—No creas que quedarás exenta de culpa por cualquier error solo porque alguna vez fuiste l