Tomás llegó el viernes a las seis de la tarde.
Sin avisar la hora exacta. Le había dicho a Álvaro que llegaría por la tarde y eso era suficiente precisión para alguien que llevaba treinta años sin visitar a su exmujer en ningún sitio que no fuera un juzgado o el colegio de su hijo.
Carmen le abrió la puerta.
Lo miró.
Tomás tenía sesenta y siete años y había envejecido bien, que era la frase que la gente usaba cuando querían decir que el tiempo había sido más amable con alguien que con uno mismo