La psicóloga se llamaba Beatriz Fuentes y tenía una consulta en el barrio de Arganzuela: tercera planta sin ascensor, macetas en el alféizar de la ventana, una silla de madera frente al sofá verde que parecía haber absorbido muchas conversaciones a lo largo de los años.
Carmen llegó a las cuatro de la tarde del primer miércoles de noviembre.
Con el abrigo de lana que Ivette había traído de La Moraleja.
Con la expresión que Beatriz Fuentes reconoció en los primeros treinta segundos de consulta: