La sábana blanca cubre algo rectangular en la pared de la entrada, sujeta con dos trozos de cinta que Pati ha colocado ella misma esa misma mañana, subida a una silla, sin dejar que nadie más lo hiciera.
—Esto es ridículo —dice Marc, mirándola desde abajo—. Es una placa. No es una escultura.
—Es una placa que dice treinta y cinco años. Merece una sábana.
La oficina entera se ha reunido junto a la entrada: Mei Lin con una copa de cava en cada mano, esperando a repartirlas; Bruno, que ya no traba