Sábado. Sin plan. Sin despertador. Laura abre los ojos antes que Álvaro, como casi siempre, y se queda mirando el techo un rato largo antes de decidir que no tiene ninguna prisa por levantarse.
Cuando por fin bajan a la cocina, el sol ya lleva un buen rato encima de los tejados de Chamberí. Álvaro pone la cafetera. Laura corta el pan. Ninguno de los dos habla todavía, y eso también es parte del ritual: el silencio de las mañanas sin agenda tiene una textura distinta al silencio de las mañanas c