Singapur

Laura esperó hasta la mañana siguiente.

No porque necesitara tiempo para calmarse. Sino porque había aprendido, en estos meses, que las conversaciones importantes merecen un estado de ánimo que no sea las once de la noche con documentos encima de la mesa y un beso de cinco minutos todavía en los labios.

Le mandó un mensaje a Álvaro a las ocho.

«Necesito verte. No en la firma. Aquí.»

Álvaro r

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