Pati no ha dormido. Lo nota en el espejo del baño de la oficina a las siete de la mañana, en las ojeras que ningún corrector va a disimular del todo, en la cafeína que ya lleva tres tazas y que no ha conseguido despejarle nada por dentro.
Antes de llamar a Laura, decide que necesita oír una voz más: la del propio Nieves. No para acusarlo. Para escucharlo. Treinta años dirigiendo personas le han enseñado que a veces la culpa o la inocencia de alguien se nota más en cómo responde a una pregunta s