La oficina está vacía a las nueve de la noche, salvo por la lámpara del escritorio de Pati, que proyecta un círculo de luz amarilla sobre el teclado y deja el resto de la sala en penumbra.
Lleva tres horas ahí, con la misma hoja de cálculo abierta, aunque ya la ha cerrado y vuelto a abrir varias veces, como si cerrarla pudiera cambiar lo que dice.
El correo de Julián sigue en la bandeja de entrada, marcado como no leído durante tres semanas por error, hundido bajo decenas de mensajes más urgent