El miércoles, Pati llegó al despacho de Laura sin avisar, cosa que no hacía nunca, y se sentó frente al escritorio con la misma expresión que Laura reconocía de las decisiones importantes: la calma un poco forzada de quien ha decidido algo y todavía está probando cómo suena decirlo en voz alta.
—Tengo que contarte algo —dijo Pati.
—Te escucho.
—Empecé a buscar a mi relevo.
Laura dejó el bolígrafo sobre el escritorio, con la misma quietud deliberada que aplicaba siempre a las noticias que merecí