El archivo tenía ochenta y nueve mil palabras.
Laura lo miraba en la pantalla desde hacía diez minutos con el cursor al final del último párrafo y el portátil apoyado en la mesa de la cocina y el café que había puesto a las once y que a las dos de la madrugada seguía en la taza sin terminar porque en algún momento de la tarde la lectura había absorbido la atención suficiente para que el café dejara de importar.
Eran las dos de la mañana.
Álvaro dormía.
La cocina en silencio.
Ochenta y nueve mil