La Dra. Elena Rivas tenía el despacho en la calle Fuencarral, tercer piso sin ascensor.
Paredes blancas. Una sola planta en la ventana. Dos sillas de madera sin brazos frente a un escritorio que tenía más carpetas que superficie visible. Y en la pared, detrás de su cabeza, un dibujo enmarcado: una casa con cuatro ventanas encendidas y un sol que no era amarillo sino naranja, hecho con ceras por una mano muy pequeña.
La Dra. Rivas tenía cuarenta y pocos años, el pelo corto y los ojos del color d