Don Raúl Valdés llegó a Madrid un jueves por la tarde.
No avisó con mucha antelación. Era su manera de no darle a Laura tiempo para decirle que no hacía falta cruzar el Atlántico, que ya estaba bien, que todo estaba bajo control. Apareció en el lobby del piso de Chamberí con la maleta pequeña de siempre, la que tenía la rueda derecha que chirriaba desde hacía diez años, y una caja de cartón sellada con cinta marrón que llevaba apretada contra el pecho como si el contenido pudiera romperse con e