La paz era absoluta. Mariposa no sentía frío, ni calor, ni dolor. Solo flotaba. Suspendida en un lugar donde el tiempo no existía. No sabía si tenía cuerpo, pero sí conciencia. Una conciencia plena, limpia, como si todo el peso de la tierra hubiera quedado atrás. No había olas, ni sal, ni miedo. Solo una bruma blanca y cálida que la envolvía con la ternura de una madre hacia su recién nacido. Y entonces la vio. Una silueta entre la neblina, alta, femenina, lánguida y de cabello rubio largo y su